Más que un
director, Luís Ospina se considera a sí mismo como un “hombre de cine”.
Y no es para menos: casi 50 años involucrado en cada una de las multiplicidades
que ofrece el llamado “Séptimo arte”, le permiten auto – bautizarse de esa
manera, sin que se esperen muchas voces que opinen lo contrario. Y aunque no
muchas personas se han dado el lujo de ser mitificados en dos oportunidades
totalmente diferentes, él no pierde su desparpajo; es feliz hablando con los
jóvenes que estudian cinematografía o algún tipo de producción audiovisual; se
goza las conferencias, talleres y conversatorios a las que es invitado y no
tiene problema en conceder decenas de entrevistas repetitivas para canales
escolares, periódicos universitarios, etc.
Primera mitificación: el “Grupo de Cali”
Cali, una de las principales ciudades colombianas,
tuvo una especie de renacimiento cultural y social en los años 70 del Siglo XX.
La realización de los Juegos Panamericanos en esta población a comienzos de la
década no fue suficiente maquillaje para una profunda crisis social y económica
que sentía en especial por la aparición de núcleos poblaciones irregulares,
como producto de la migración masiva de negros e indígenas que llagaban desde
la costa pacífica y desde el macizo colombiano. Esa mezcla de falsas imágenes
sobre un supuesto desarrollo, y de miseria real, se convirtió en un detonante
que sacó a la luz las inquietudes de un colectivo de amigos de las clases media
y alta de la capital del departamento del Valle del Cauca, entre quienes sobre
salieron de inmediato por su afinidad hacia la cinematografía, Andrés Caicedo,
Carlos Mayolo y Luís Ospina, aunque no fueron los únicos. La historia
bautizaría este primer conglomerado cultural como el "Grupo de Cali”,
organización acéfala y amorfa, pero llena de creatividad, propositiva y beligerante,
pues productos que de allí nacieron, como el “Cine club de Cali”, la revista
“Ojo al Cine”, la novela de Andrés Caicedo “Qué viva la música” y muy
especialmente las piezas audiovisuales “Oiga vea” de Caicedo y “Agarrando
pueblo” de Ospina y Mayolo, se convirtieron en fuertes bofetones a la sociedad
y la clase dirigente de ese entonces. Caicedo y Mayolo ya se fueron; Ospina
vive como el mito viviente que nació con ellos.
La re – mitificación de Luís Ospina
Ospina no ha perdido la conciencia del papel que ha jugado en la
historia del cine, no sólo del colombiano, sino del latinoamericano. En una
gran parte porque sus posturas sociopolíticas plasmadas en su obra le dan ante
los ojos de propios y extraños el carácter de independencia que no se suscribe
a la voluntad o determinación de las casas productoras, en el sentido de ser
estas las que deciden si hacen o no una película, sino que abarca la postura
ideológica y política de quien hace un guión y lo pone en escena. Pero también
está el reconocimiento y la admiración que sin tapujos y a veces en colectivo,
le expresan los estudiantes de cinematografía y de artes visuales. En los
foros, talleres y seminarios donde él es invitado, indudablemente es el
favorito del público, que ve y repite sus películas y hasta paga para volver a
escuchar las historias y los postulados, muchas veces cargados de sarcasmos,
del ya veterano director de cine. Como correspondencia a ese reconocimiento y a
la valoración que los jóvenes siguen haciendo del resultado de su trabajo,
Ospina no hace sino decir sus verdades: “Ya no siento la urgencia de estar haciendo una película,
como me pasaba hace unos años. Ahora puedo dedicar una buena parte de mi tiempo
para pensar, concebir nuevas alternativas para llevar a la pantalla, pero sin
que nadie me esté acosando porque tengo que entregar un proyecto, el plan de
filmación o el guión terminado”.


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